Bueno,
después de haberle dado unas vacaciones al blog (pobrecito mío, me
suplicó que le dejase descansar un poco), hoy volvemos a salir a
escena. Y, contrastando totalmente con la entrada anterior en la que
se hablaba de mi aprendizaje del francés con la revista ELLE,
pasamos a como llegué a traducir textos en latín sin tener ni idea
de ello.
La
verdad que, después de estar en clase escuchando las diferentes
teorías, pensé: “Madre mía, qué profesor puede enseñar un
idioma a través de la metodología de la gramática tradicional...
Ah, sí, cualquiera de los que enseñan latín.” Y tal cual, hoy he
estado rebuscando mis apuntes y encontré mi librito de declinaciones
de nombres, adjetivos, verbos, preposiciones de función
excesivamente ambigua, etc. Pero bueno, también he de admitir que me
encantaba estudiar latín: eso sí, sólo la gramática. En lo que
respecta a la cultura latina/romana/clásica/llamémoslo t
de tostón, no me apasionaba mucho que digamos. La verdad que la
lectura de mitos, narraciones de guerra, asedios y demás
acontecimientos no era mi pasión.
En
fin, que aprendíamos latín a base de traducir textos de gran
renombre y tradición literaria, en ningún momento se habló de como
se pronunciaba alguna de aquellas palabras (Dior nos libre de ello,
no creo que sea muy fácil pronunciar algo que ha dado paso a tantas
lenguas) y siempre haciendo análisis exhaustivos de las estructuras
y las formas en qué podíamos traducir.
PD
núm.1: El título significa Hola Pedrola, los que van a
morir te saludan
PD
núm.2: Pedrola es el apellido de mi profesor de latín
PD
núm.3: Sí, ya lo se. Le pegaba bastante teniendo en cuenta que era
profesor de latín y de historia.



